“Amuebladas” porque cada artista, todas ellas mujeres, ha intervenido un mueble recreándolo a su voluntad, pero bien podría llamarse “Les Messagers”, como la exposición de Annette Messager del Centre Pompidou, a tenor de la enorme cantidad de mensajes, muchos de ellos escritos, que nos transmiten en la muestra que podemos ver hasta el veintiuno de octubre en el Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias González Martí, en Valencia.
Las artistas han reconstruido los objetos, los han reciclado, sacado del olvido y otorgado una nueva identidad, un nuevo futuro y un nuevo modo de ocupar el espacio. Y tal vez sea más difícil resucitar un objeto que hacerlo nacer. Ese salto en el tiempo y esa transformación espacial, hace que estas obras, parezcan como el resultado de un proceso alquímico y que el tono aparente de la exposición sea lúdico. Por ello el espectador puede verlo todo como quien asiste a la representación de un mago. Nada más lejos de la realidad. Es preciso acercarse a cada obra con detenimiento y tratar de descubrir que nos están contando.
Presen Cosme, Presen Rodríguez, e Isabel Rodríguez, han trabajado en tres objetos en origen idénticos. Se muestran juntos como tres “Sin título”. Y se identifican simultáneamente como conjunto y como individualidades, estableciendo un paralelismo con la condición de familia de las tres artistas. Con su propia realidad. Expuestas parecen una serie. Una de ellas, contiene texto, apropiándose de la lectura y eludiendo al lector, y adueñándose del objeto, pues se lee su propio nombre.
“Captasueños” de Sonsoles Llorens, en una cama donde predominan los tonos rojos, que tiene sobre la almohada una nube de pequeñas luces azules. Esta obra se expresa desde la sugerencia. Puede que sea éste el lugar de la creación. De las posibilidades. De las noches insomnes. Nunca fue más cierto que ahora que nada se crea ni destruye, todo se transforma.
“Mi corazón sueña en un cajón” de Mamen Chinchilla es una instalación que está formado por un mueble, un cuadro y una lámpara. El elemento original ha crecido ocupando el espacio circundante. Todos los elementos contienen textos. Interdiscursividad entre escritos y plástica.
“La sillita de la reina y Stronglin”, de Inma Verdú, es un objeto híbrido de alfombra y sillón. A primera vista parece frío a pesar del cálido color rojo, pero las dos copas sobre la mesita, despejan cualquier duda, la alfombra es un camino de acogida y el sillón es un lugar de encuentro.
“El espejo encantado” era a priori era uno de los objetos más difíciles de intervenir. Sobre él, María Lorenzo, ha pintado un recortable. Invita al espectador ha formar parte de la obra. Ha constituirse en elemento del collage, y reconstruirse dentro del espejo.
“Los espejos son mágicos y contiene imágenes” de El último grito, Rosario Hurtado, era un pequeño armario con espejo para un cuarto de aseo. Ahora una fotografía sustituye la imagen reflejada, situándonos en otro mundo, otra realidad.
En “La silla flamenca”, de Mari Carmen Poveda, el objeto se muestra en sí mismo y en su representación. La artista ha profundizado en el objeto como el lugar donde ocurren cosas. En este caso, el cante flamenco. A partir de ahí ha generado un discurso, en formato de vídeo, una canción sin palabras, en el que el objeto figura como personaje principal de la narración, de la representación. Junto al televisor, el objeto.
“Demasiada naftalina” es el baúl donde quedan los recuerdos, la memoria, y ha sido transformado en teatro, el lugar donde se cuentan las historias. Y todo ello en formato audiovisual. La metamorfosis es conceptualmente brillante. Sobre todo dado lo poco sugerente que era el mueble a intervenir por Paloma Mora y Sagrario Perpiñán.
En “La silla de los recuerdos”, Joaquina Moreno ha desarrollado la idea de mueble como evocador de recuerdos o generador de sueños, en cualquier caso como contenedor de ideas. Así, encontramos que bajo el tapizado transparente, multitud de objetos se nos muestran, siendo, pasado, presente y futuro, del acontecer de la silla y de sus ocupantes.
“Sin título” de Kumi Furió, ha situado sobre una circular alfombra blanca una pequeña y baja mesa también blanca. Extrañas perforaciones de colores sobre el mueble, dan el contrapunto orgánico o biomórfico, a este conjunto,
Lo banal, el nihilismo, lo kitsh, la transgresión, la ironía, son los elementos del lenguaje y también el mensaje de Mavi Escamilla. “El sarcófago del amor” es un baúl que contiene a otro pero ambos están abiertos. El exterior está pintado en llamativo tono amarillo y rojo, con un desnudo femenino. No hay nada que esconder.
Si una de las características de la posmodernidad es la superficialidad, en ella hay que situar “La joya de la casa” de Equipo Coca. Muestra de la falta de jerarquización y ausencia de cánones.
“Picnic intercontinental” de Eulalia Fargas es una sencilla silla plegable, recubierta de elementos que parecen cazuelas de juguete, transformando la silla en mercado o mesa dispuesta para comer. Esta obra desde una creación banal, propone una cuestión ética. La obra de arte en el mercado. El arte como objeto de consumo. El propio mecanismo del mercado elimina cualquier contenido ético en las obras y lo reconduce a posiciones nihilistas.
“Sin título” de Victoria de la Fuente, es una escalera deconstruida. Este objeto es el resultado de desmontar totalmente la pieza original, para crear una escultura abstracta. En él prima el proceso sobre el resultado. Y el documento que muestra como se llevó a cabo la acción es la verdadera obra de esta intervención.
“Esto no es un abono”, es otro estudio sobre la fragmentación y la hibridación, realizado por Silvia Clavel y Esther Moreno. La silla ha sido pintada de blanco y semirrecubierta de trencadí también blanco.
Nani Marquina ha hecho un espectacular trabajo de diseño sobre una corriente silla de tijera de usar y tirar, “Romanticismo en estado puro”. Ha recubierto la superficie de plástico del asiento con tapizado rojo simulando un desbordante mosaico de rosas. Ha reconducido un objeto de consumo hacia un objeto de diseño. Con ello abre la puerta a una muy interesante discusión sobre el arte como objeto de consumo.
Hélène Crécent, ha cambiado la percepción que nos ofrece una mesa auxiliar, con ruedas, por la que da una camilla de hospital. Lo ha logrado añadiendo un cuerpo descompuesto. El cuerpo, es un muñeco de trapo, desmembrado en incoherentes fragmentos, delicadamente cosidos y situados en torno a la mesa ahora camilla. La desaparición del sujeto frente al objeto, así como las sutilezas de la percepción son las claves de “Mueble fantasma”.
“Trasnochadas” de Carmen Baselga, es una delicadísima pieza constituida por dos mesitas con finas y largas patas metálicas que las sitúan justo debajo la barbilla. Para que nos asomemos. Sobre cada mesita una lámpara de neón, con forma de bombilla que tiene en su interior la palabra Love en incandescencia. En los cajones mariposas recortadas. Es una instalación poema.
“Sin título” de Lola Castelló narra una historia como en un retrato clásico, mediante sus atributos. Los objetos, de color blanco, los mantienen en inestable realidad, no sabemos si ensoñación, fantasía, deseo o puesta en escena de sí misma. Una vez más aparece, la palabra, en forma de libro. Parecen confirmar ésta, una época enferma de literatura. En ausencia e verdad absoluta, cada una nos propone la suya, conscientes de su incerteza.
“Te regalo un sueño” de Amparo Gastaldo, es un cabezal que incluye una foto. Es este un caso inverso a otros, el objeto se muestra ahora como un cuadro y pierde su condición escultórica, para aplanarse en su bidimensionalidad.
“Yo de mayor quiero ser”, es un documento, de Victoria Bermejo. La proyección de la grabación de los deseos expresados libremente en la silla. La silla no está intervenida como objeto, pero ha sido el lugar donde se ha generado la obra, la expresión de los deseos. El vídeo es el documento que conserva y muestra dicha acción. Además, es consciente de su propia narración.
Ana Nsue ha tejido en cuerda blanca una nueva estructura para un sillón. “El alma” está hecha a mano. Es de color blanco. Y es casi transparente. La pureza de líneas remitiría al minimalismo sino fuera por lo elaborado de la trama. La sencillez de los elementos lo acerca a un neo-povera. Por el diseño, tendría un referente italiano, pero por su calidez a mi me recuerda artistas sudamericanos. El resultado es una obra sugerente, pura, sincera, que no lucha por destacar en la exposición y sin embargo permanece en la memoria de los visitantes.
Sara Álvarez muestra un raro mueble alto y estrecho en el que los cajones son transparentes, “Mujer chifonier”. El interior está a la vista. El conjunto está iluminado desde dentro. El resultado es complejo conceptualmente e insiste en la contraposición de ideas. Asumiendo o señalando las contradicciones de nuestro tiempo. Oscuridad y luminosidad. Transparencia y ocultación. Dibujo y escultura. Dos dimensiones y tres dimensiones. Se puede leer como un poema donde un oxímoron sucede a otro. Un desnudo recorre los cajones contado una historia como en una tira cómica. En la obra de Sara nada se afirma, todo está sugerido. Pero nada se oculta.
Lourdes García ha partido de una bicicleta estática para crear una rueca que hila palabras, “Tira del hilo”. Las letras son pequeños objetos tridimensionales sobre un alambre. Y todo ello está pintado en colores pop. Casi parece sustraída del autobús de Ken Kesey. El origen de esta intervención está en el mito de Aracne. Pero en esta lectura, Atenea y Aracne, tienen el mismo poder. No es esta una obra moralista ni de loa a los dioses. Ni como en la versión de Velázquez, sitúa a la mujer en una labor inferior, a pesar de aparecer en primer plano. Más bien elimina las diferencias. Así que tenemos que es un metarrelato que alude la mitología clásica y a la historia del arte, llevado al terreno de lo objetual, que unido al escultórico texto, genera una pieza híbrida de géneros, tiempos y estilos, sin observar ningún tipo de jerarquía, código o canon.
Beatriz García, ha partido de una insulsa cómoda de incierto material, que ahora pintada de blanco parece purificada. “Pies fríos” mezcla lenguajes, la palabra con la escultura. Y cuenta una brevísima historia, en la que yo identifico narrador con creador, si bien nada es verdad una vez narrado, sino ficción. Por su carácter normativo, el color blanco, y el uso mínimo de materiales, mantiene el objeto en equilibrio entre una acentuada racionalidad y una emotiva intimidad. Ésta última tímidamente oculta o desvelada en los cajones no del todo abiertos.
Susana García, a partir de un extraño biombo, que rodea un más extraño sanitario de peluche, ha generado una narración, “Sin título”. El exterior de la estructura está completamente cubierto de fotografías de aspecto envejecido. En ellas vemos una acción que transcurre alrededor del objeto. Las fotografías documentan la acción y finalmente pasan a formar parte del propio objeto, al igual que el objeto ha pasado a formar parte de la memoria de la artista. Y ahora todo el conjunto se muestra al espectador. No ha tratado de explicar que es este gabinete urinario de juguete, sino ha insistido en la incomprensión que genera para narrar una acción que afronta también las dificultades de la comunicación, todo ello desde la secuencialidad de la fotografía.
María Montes se ha expresado mediante una instalación, “Mi hamaca y yo”. La silla sobre un montón de arena de playa y pinocha, rodeada de libros, propios y ajenos, fotografías, y cartas del tarot, generando un espacio a medio camino entre la ensoñación, el recuerdo y el deseo. Se ha apropiado de la tumbona, quedando ésta como un elemento más del collage, en el que la artista muestra sus inquietudes y ella misma es la propia creación. Lo que recibimos es una imagen de como puede ser María. La metaautoría llevada al límite.
“No unisex” de Salvia Ferrer se compone de un cubo abierto por lateral, y dentro de él hay colgado un urinario sobre el que se proyectan imágenes. El cubo es de madera aglomerada. En su interior está pintado de negro. El exterior está sin pintar y sugiere la intervención del público mediante rotuladores colgados. La artista elabora sobre el urinario, un discurso propio, mediante imágenes y textos, y lo sitúa en paralelo al que en el exterior pueda realizar el espectador, banalizando el suyo propio, que ya de por sí, lo da por inútil, arrojándolo por el desagüe del sanitario. Rudolf Stingel en el Whtiney Museum of American Art y Dan Perjovschi en el MoMa, los dos en Nueva York, han mostrado ideas en torno a este concepto (“critical approach to explore the lenguage and material”) el pasado agosto. Espectacular la muestra de Stingel.
“Sin título” de Maite Palomares, está constituida por una paleta de transporte, por un lado colgada del techo por cables metálicos, y apoyada por el otro lado en la pared. Sobre ella hay una gran caja blanca. En un lateral a la altura de los ojos una rendija, deja ver una desvanecida imagen del mueble. En el otro lado se proyecta un paseo nocturno, casi espectral, que avanza hacia adelante, y hacia dentro de la caja, sobre un puente con arcos. La artista ha sustituido el objeto por su simulacro, ocupando el espacio que le correspondería, mediante una proyección de diapositiva que parece un holograma dentro de la caja. Lo que Maite Palomares cuenta es un resumen de la posmodernidad, la sustitución del objeto por su simulacro, la imposibilidad de acceder a las cosas directamente, sino de modo velado, el desvanecimiento de la realidad, la contraposición de verdades, la imposibilidad de detener el mundo de las imágenes, y todo ello en un estado de precariedad, colgado del alambre, sobre una efímera estructura de madera. Parece un homenaje a Baudrillard, que hubiera imaginado DeLillo. Siento citarlos siendo hombres.
La exposición comenzó con dos performances. Gumer Campos y Victoria Alemany, al violín y al piano respectivamente, interpretaron, junto a la carroza de gala de los marqueses de Dos Aguas, en la planta baja del Museo, “Meditación”, fragmento de la ópera “Thäis” de Jules Massenet. Christine Cloux, en la Sala Pinazo, puso coreografía e interpretación a “Im Abendrot” de Richard Strauss. Estas dos fantásticas piezas sólo pudieron disfrutarse en directo el día de la inauguración pero fueron previamente grabadas en estudio como documento añadido a la muestra.
Para terminar, nombraré de nuevo a Annette Messager, cuya obra vi en Paris, también el pasado agosto, y me viene ahora a la memoria, palabra por palabra. No puedo, como en la obra de Annette, dejar de leer las obras de esta exposición como si fueran los diarios de sus vidas. De nuestras vidas. De vuestras vidas.
jueves 15 de mayo de 2008
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