La investigación que Carmen Calvo muestra en esta exposición parece haber comenzado a partir del documento como retrato, y no al revés. Y el documento entendido en un sentido muy amplio. Todo objeto, ya incluya escritura o imágenes o no, tiene un valor informativo y en este sentido contiene la posibilidad de uno o varios relatos. A partir de esta premisa, la artista compone sus obras.
En algunas de ellas sobre el fondo plano o casi plano del lienzo están dispuestos diversos objetos. No aparece ninguna figura retratada. No sabemos si los elementos tienen un origen común, una historia real común. O por el contrario son una recreación, una propuesta a la libre interpretación, a que cada uno invente un discurso a partir de lo que permanece y la artista ha juntado arbitrariamente. Desaparecidos los cuerpos, los objetos son fósiles de la historia. En la superficie de los cuadros o en vitrinas, son estratos con datos a identificar, osarios a interpretar. En algún caso una letra suelta forma parte del sedimento.
En otras obras, la artista dispone como fondo del lienzo papeles amarillentos. Facturas, cartas, invitaciones… Sobre ellos ha dibujado con grafito grueso figuras de personas y animales. En estos casos, los dibujos parecen sugerir posibles narraciones deducibles de los documentos. Posibles vivencias de sus personajes. También vemos la calavera. Tempus fugit.
Un tercer tipo de obras está constituido por retratos fotográficos. Y de estos muchos tienen el rostro cubierto total o parcialmente con pintura. Sería el retrato por sus circunstancias en el que se elimina el retratado. Los cuerpos no permanecen, los objetos sí. De nuevo la interpretación es libre. Habría que preguntarse como en las coplas de Jorge Manrique: “¿Qué se hicieron? ¿qué fue de tanto galán, qué de tanta invención como trajeron?” Ubi sunt?
Alguna de las fotografías está recubierta de ojos. La idea parece ser que el pasado nos observa, que nos sentimos advertidos, afectados por el pasado. Al inicio de la exposición hay otra versión de esta idea. Multitud de ojos sobre una vieja y gran puerta de madera. Todo lo que queda atrás, tras la puerta, en la historia, todo lo que permanece, nos vigila.
Otras imágenes mantienen sus rostros visibles y podemos contemplar un clásico retrato con atributos, el chulo con su navaja. Algunas fotografías narran un acontecimiento concreto, anecdótico tal vez. También está el caso del retrato desbordado por sus caracteres. Como el retrato de una mujer con un trabajoso peinado en el que toda su cara desaparece recubierta de pelo. Los cuerpos de los militares comidos por insectos o los retratos de boxeadores con el rostro tapado insisten en lo efímero de la vida, del poder. Descriptio puellae, comparación vida y milicia o vida y camino son otras de las lecturas paralelas en estas obras.
La muestra de Carmen Calvo es compleja, densa, compositivamente perfecta y conceptualmente solidísima. El espectador podrá disfrutar haciendo diferentes apreciaciones de la exposición. En concreto hay un instalación esclarecdedora. Diversos objetos están situados sobre pizarras rectangulares de formato medio. Muchos ellos remiten a oficios. La pizarra aparece como lugar donde se escribe y se borra la historia. Sólo permanecen los objetos. Las pizarras están dispuestas formando una cuadrícula, como nichos en un cementerio. Desaparecidos los cuerpos, para la fabulación quedan los atributos. Y las tumbas, “Sepulcro de los tiempos que han pasado”, que diría don Francisco de Quevedo Villegas.
Carmen Calvo.
IVAM.
Valencia.
29 de noviembre 2007 a 20 de enero 2008.
jueves 15 de mayo de 2008
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